Parar la mente es algo que casi todo el mundo desea. Vivimos en una sociedad rápida, abrumadora, donde no es fácil tomarse un descanso. Trabajo, casa, comidas, compra… un sinfín de «obligaciones» que nos llevan como locos de aquí para allá y que no nos dejan disfrutar de lo que hacemos, y, cuando estamos haciendo algo, nos ponemos a pensar en lo siguiente. Veo, por ejemplo, a mucha gente estresada en el coche: pitando, gritando. También andando por la calle, muchas personas van cabizbajas, serias, incluso tristes. Me da mucha alegría ver a alguien sonriendo o riendo por la calle, me suelo contagiar de ello y me pongo contenta. Así que yo trato de hacer esa labor, me gusta sonreír a la gente, porque normalmente también sonríen, y así pienso que aunque sea por un momento pueden salir de donde están metidos y cambiar la química de su cerebro. Sí, porque como ya os he contado en otros artículos, al sonreír, nuestro sistema se baña de dopamina, interrumpe el ciclo de pensamiento en el que andabas sumido, así como la emoción predominante.

La inmediatez

Algo que me preocupa hoy en día es la inmediatez. Somos la sociedad del microondas, de lo instantáneo. No tenemos paciencia, no sabemos esperar porque estamos acostumbrados a que todo es ya, ahora. Vamos de una cosa a otra sin parar, sin descanso. El móvil entra dentro de esto ¿cuántas veces al día miras WhatsApp? (Hay aplicaciones que lo cuentan). Recibimos un mensaje y lo contestamos en el momento, haya quien haya delante, estés donde estés (en el coche, comiendo, tomando un café con un amigo…). Todo esto me parece una locura… porque no paramos, no desconectamos. Necesitamos parar

El silencio

Desde hace días mi cuerpo y mi mente piden silencio. Tengo una mente muy activa, muy analítica, muy observadora, siempre está atando cabos, buscando explicaciones… Y desde hace días todos los mensajes que me llegan (de la gente, de la vida) son para que me quede en calma, callada, sin pensar. Es un placer enorme. Últimamente conduzco sin música, en silencio, con la ventanilla bajada (si es posible…), disfrutando del placer de conducir, sin pensar en nada, solo atenta a lo que veo, lo que oigo, lo que siento, sin buscar nada, solo dejando que los estímulos entren. A mí me encanta conducir, disfruto haciéndolo, pero trato de hacerlo con todo lo que puedo. De verdad es realmente maravilloso. Además, «curiosamente», resulta que las mejores ideas me vienen conduciendo, estoy en silencio y de pronto: ¡Eureka! me viene la solución a algo concreto.

Además de la inmediatez, la prisa, la queja… otra manera de no estar en silencio, es que buscamos demasiado. Nos entretenemos en dar vueltas a las cosas porque creemos que hay que entenderlo y resolverlo todo, a muchos clientes les pasa (yo les entiendo jejeje), pero no hay que hacerlo. No tenemos por costumbre esperar y escuchar. Está claro que hay veces que necesitamos ayuda (para eso estamos nosotros y otros muchos profesinales), pero también se necesita tiempo, silencio, quietud. El silencio trae consigo muchas respuestas. Ya llevo tiempo que en las sesiones indagamos menos y resolvemos más; porque: ¿qué importa de dónde viene un bloqueo? lo importante es quitarlo para ser libre; ¿qué importa quién fue la persona que te dañó en algún momento de tu infancia? lo importante es sanar ese dolor; ¿para qué sirve saber que lo que pasa viene de la rama femenina o masculina de mi familia? Lo importante es lo que hacemos ahora, no como hemos llegado hasta aquí. He tenido mi etapa de entender de donde viene todo, de atar, hilar todo y comprender, y claro, me encantaba, pero eso solo no sirve, y hay que hacer un trabajo posterior. Así que, ¿por qué no ir a ese trabajo directamente? Ahorra mucho tiempo.

Te recomiendo pues, para terminar, que aprendas a parar tu mente, que elijas algo que te guste hacer y que lo hagas. ¿Vas a estar con tus hijos, con tus amigos, a tomar un café, a darte una ducha, a cenar? Solo HAZLO, sin móvil, sin prisa, sin pensar en lo que harás después. Espero que lo disfrutes tanto como yo 🙂

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