Las dos caras

Últimamente la vida no deja de mostrarme sus “dos caras”. El otro día estaba esperando en la consulta de neurología y había un hombre con esclerosis; era un hombre fuerte, joven, pero ya claramente afectado por la enfermedad. Estaba con su mujer, y al verles no podía evitar pensar: “que faena” (por decirlo suavemente); y me preguntaba el porqué de estas situaciones, como lo llevarían, etc. En ese momento una amiga me escribió, ella es matrona y me contó que una mujer acudió a su consulta con un fuerte dolor de cabeza. Al escuchar el latido del bebé no le gustó y la mandó al hospital: fue una cesárea de urgencia. Ella me decía que el niño tenía un angelito, porque fue una suerte (yo le dije que sí lo tenía y que también la suerte fue que la intuición de la mamá se volviera dolor y que ella estuviera en la consulta). Esta experiencia de estar por un lado pensando en el dolor de una familia con esa enfermedad y por otro en la alegría de la familia de ese bebé, me hizo ver de nuevo que la vida tiene esas dos caras, me hace entender que en la vida las cosas suceden y punto, lo entiendas o no. Nos ponemos a juzgar la vida y nos perdemos, usamos conceptos como justo, injusto, bueno, malo… la vida no es eso; tratamos de entenderla de una manera «dual», pero no se puede, LA VIDA ES. Cuando entramos a juzgar la vida, sufrimos. Si tratas de luchar, estás jodido (perdón por la expresión), porque en la lucha con la vida pierdes, solo sufres tú, la vida sigue, la vida fluye y tú sigues peleando. El otro día en una sesión con un niño, le explicaba algo que me pareció muy bonito: la vida es como un tren, te va llevando y hay estaciones o paisajes bonitos, pero hay otros en los que te tocará estar que no te gustarán, que no son agradables: porque están oscuros, dan miedo o nos enfada lo que vemos, nos producen dolor. En ese momento puedes intentar bajarte del tren, pararlo, luchar, pelear para que el tren vaya por otro lado, pero es inútil ¡es un tren!. En lugar de luchar, puedes fluir, elegir vivirlo, sentirlo (el dolor, el miedo, el enfado…) y entonces igual que viene se va. La vida es cambio, nada perdura si no lo sostienes. Deja que todo el miedo, la ira, la rabia, la frustración, el dolor salgan, porque es así como se van. Y cambia de estación con el tren, no mires atrás, porque el paisaje cambia enseguida y si estás quejándote o sufriendo por el anterior, te perderás la belleza del siguiente.

¿Y por qué hablo yo de esto?

Yo tenía una maestría en sufrir, he sufrido mucho con acontecimientos que ya habían pasado (que vamos a hacer, mi tendencia era esa). Ahora ya no lo hago, por lo menos no lo hago tanto, me siento más conectada con la vida, más en paz, y hay gente que me ha dicho (en sesiones o cursos) que mi vida habrá sido fácil y que por eso puedo estar bien, “dejar ir”, estar en paz… Realmente he tenido suerte en mi vida, en algunas cosas, de hecho ¡en muchas! (y desde luego mi selectiva memoria es en lo que se enfoca), en otras menos… Voy a exponer desde mi corazón, porque siento que puede ser enriquecedor… Mi madre falleció cuando yo tenía 12 años, ella tenía 45 recién cumplidos. Fue una muy dura enfermedad que duró dos años (no los dos meses que le daban, era una mujer fuerte). Quedamos aquí 3 hijos (mis hermanos tenían 16 y 19 años), un marido, hermanas, padres amigos,… todos destrozados por su pérdida, ella era un pilar muy importante además de una mujer maravillosa. A veces pienso que no sé como sobrevivimos. Desde luego mi padre es un hombre fuerte, porque sino no sé como pudo sacarnos adelante. También el resto de la familia nos ayudaba como podían, mi tío tenía el don de aparecer en casa cuando yo estaba sola y necesitaba a alguien. Íbamos sobreviviendo. Los roles en casa cambiaron, fue muy muy difícil. Durante gran parte de mi vida he sentido el dolor, la pérdida, el miedo, la rabia por la enorme injusticia… porque ella era una mujer joven, maravillosa, cariñosa, amable, generosa, humilde… “no era justo”. A lo largo de los últimos 15 años, yo he ido estudiando y trabajando en mi crecimiento, mi evolución y evidentemente este era mi «tema estrella», todo trabajo o sesión acababan en ella, lo normal. Aunque el dolor iba siendo menor, reconozco que tuve mucho tiempo la creencia de que nunca iba a dejar de dolerme y afectar en mi vida (y así era) pero al transformar esa manera de entender, puede lidiar con ese dolor y dejar de sufrir, porque cada vez iba sintiendo más y más que ella y su vida influyen de manera positiva en mí, en quien soy…

Un paso interesante:

Hace unos pocos días, gracias de nuevo a mi maestro Armando Solarte, pude entender algo que fue un buen salto en mi camino.  Su muerte no fue una injusticia: SOLO FUE. Y el que solo «fuera», ya diluye la lucha, ya no tengo que «vengar su muerte» ante la vida, no tengo que pelearme, no tengo que sufrir más. Hay días en los que sigo sintiéndome triste porque me gustaría que estuviera… pero este entendimiento marca un antes y un después porque ya no soy una víctima de una vida injusta y eso es una maravilla :). Evidentemente aún siento su ausencia, pienso en ella creo que a diario, todavía más desde que soy mamá y la echo de menos, claro, pero ya no tengo la sensación de que la vida me hizo algo terrible.

El abono:

También entendí hace mucho tiempo que, como digo más arriba, esta experiencia me ha hecho como soy, que su vida fue corta, pero que podemos honrarla, que ella nos invita a vivir la vida a tope, a aprovecharla, a hacer todo lo que ella no hizo; ella dejó un mensaje muy importante en todos nosotros, familia, amigos. Yo elijo centrarme en lo bueno que tengo de ella y doy gracias, porque si ella no se hubiera ido tan pronto yo ahora sería una persona distinta, esta experiencia me ha hecho quien soy. Por eso elegí mi profesión, por eso elegí a mi pareja, por eso tengo la maravilla de hijo que tengo, etc. También esta vivencia hizo a mis hermanos las maravillosas personas que son y cada día quiero dar gracias por mis sobrinit@s, que son los que son, porque sus papás y mamás son los que son. Hay cosas que se graban en nuestro sistema y dejan una gran marca, pero se pueden reenfocar, explicar de otra manera, se les puede dar una vuelta. Yo elijo sentir el dolor que me quede sentir porque no pienso negarlo, pero me centro en todo lo bueno que tengo de ella, y así, el dolor disminuye… la sonrisa aparece. La vida duele, y el que diga que no, miente, tal vez se miente a él mismo el primero. La vida también es dolor, sino ¿como podríamos apreciar la alegría, la belleza? A mí me gusta ver las “estaciones” desagradables de la vida como ABONO, porque muchas veces son una “mierda” literalmente, pero esa mierda te sirve para evolucionar, para ser mejor, para conocerte, entenderte, para ser más fuerte. Creo que si aprovechamos las experiencias para crecer, crecemos; si seguimos ancladas en ellas, en el dolor, el sufrimiento nos quedamos nadando en (con perdón) la mierda. Así que, ¿en qué prefieres enfocarte?, ¿cómo vas a gestionar lo que no te gusta? Para mí es aceptación, una no-lucha activa, cuando fluimos con la vida todo funciona mejor: el dolor pasa, el sufrimiento no sigue. Tienes que bailar con la vida, aceptarla como es y seguir, así todo es más fácil.

Y para acabar voy a fardar un poco de madre: este mes se cumplen 25 años de su muerte y la gente sigue recordándola; todavía me paran por la calle y me dicen lo que les ayudó (era trabajadora social), lo buena amiga, la maravillosa mujer que era. Mamá, espero que allá donde estás, estés tan orgullosa de nosotros como nosotros lo estamos de ti 🙂
¡Gracias!

Una cosa más: el hecho de que mi sufrimiento sirva para que otras personas se ahorren sufrir también le da un sentido positivo a mi experiencia, así que por favor: aplícate el cuento 🙂 entiende que puedes dejar de sufrir por lo que ya fue y… ¡¡¡¡deja de hacerlo!!!!

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